Embajadas

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domingo, 22 de octubre de 2017

Rincón medido.





La semana pasada os mostraba aquí un rincón de unas características muy concretas (austero y sin el menor rastro de ostentación). Hoy quiero exponeros un ejemplo algo distinto, que; aunque a primera vista se nos pueda antojar como diametralmente opuesto al que lo ha precedido; veréis como, al final, no difieren tanto como parece.

Comencemos por algo que, aunque no resulte demasiado obvio, se le presupone fácilmente a un decorado de estas características: la pomposa naturaleza del espacio en el cual aparece contenido. Prescindamos por un momento de los hábitos y referencias estilísticas que hayamos podido adquirir con anterioridad e imaginémonos este mismo mobiliario enmarcado dentro de cualquier tipo de proscenio (siempre que resulte claramente diáfano y se abra sin complejos al exterior). Comprobaremos que, el resultado visual, no tendería a variar en demasía si aplicamos esta premisa, por lo que no necesitaríamos disponer de un inmueble de “alto standing”  para obtener un efecto equivalente.

Una vez aclarado ese punto, pasemos a definir las señas de identidad que operan sobre esta propuesta de orden decorativo. Si bien el estilo de los enseres escogidos para la ocasión no pasa desapercibido, ni resulta cargante ni, tampoco, constituye un desaforado despliegue de opulencia. Sus formas podrán gustar más o menos (sabemos que, a ese respecto, nunca existirá una posición unánime), pero lo que sí queda claro es que, a pesar de lo elaborado de sus formas, no resulta, en su conjunto, excesivo o grandilocuente. Viene a convertirse en un oportuno testimonio de que la elegancia no tiene por qué estar reñida con la sencillez y pone de relieve; de una forma plausible y, ciertamente, clarificadora; que el buen gusto no queda supeditado al derroche ni al desproporción; más bien, suele ser al contrario.

Que disfrutéis todos de una muy feliz, y “ponderada”, jornada de domingo.



viernes, 20 de octubre de 2017

Bajo un cielo nublado.





Tras un verano y un inicio de otoño desacostumbradamente tórridos, en los cielos de Qarpadia ya se evidencia un acusado cambio en sus tonos y texturas; preludio incontestable a las sombrías jornadas que, poco a poco, se irán convirtiendo en la tónica habitual durante los próximos meses. En este orden de cosas, seguramente habrá muchos que aprovecharán para justificar una visión de su propia existencia desprovista de ilusión y con una clara tendencia al pesimismo. Pero, nada más alejado a mi intención que prestar munición; así como tiempo y esfuerzos; a ningún argumento que sirvan para vertebrar la dudosa causa del melodrama y sus sobreactuadas interrelaciones. Si el elemento ambiental se torna frío, oscuro y desapacible, siempre podemos intentar ir en pos de algún beneficio que únicamente se nos presente en tales circunstancias.

No soy yo quién para determinar qué es lo ha de gustar y lo que no, pero sí que puedo ofreceros un ejemplo (podría apuntar muchos más) de las ventajas que nos puede llegar a brindar un tiempo donde las nubes se tornan pesadas y grises y la lluvia reclama para sí el papel protagonista.




En mi caso (lo digo sin ambages), disfruto como un enano cuando la meteorología me sirve en bandeja la oportunidad de compartir, con mi fiel compañera, un paraguas que haga las veces de escudo frente al aguacero; de pasear juntos esquivando charcos, mientras, de tanto en tanto y con la excusa de buscar un cobijo momentáneo, visitamos algún establecimiento donde poder participar de un oportuno tentempié que nos permita, de paso, entrar en calor. Después, cuando la temprana noche haya dejado caer sobre nosotros su estudiadamente cómplice telón de fondo, caminar de regreso a nuestro refugio privado mientras damos forma a una única silueta que se confunde con el entorno y se aleja arropada por los ecos cantarines del agua que se derrama sobre nuestras cabezas.




Ya sé, ya sé. No es esto algo que pueda extrapolarse a todo el mundo pues no genera las mismas motivaciones en todas las personas; habrá quienes lo detesten y otros que, aún compartiéndolo, no podrán llevarlo a la práctica por distintas razones. Como ya he dicho…, tan solo se trata de un ejemplo, un intento de contextualizar un concepto.

En el caso de que fuera de utilidad, si algo he aprendido durante el tiempo que llevo instalado entre la gente qarpadia es que; lejos de permanecer instalados en el perenne “lloriqueo” que tan en boga parece estar últimamente; resulta más admirable, y también ventajoso, buscar siempre el modo de trasformar nuestra necesidad en virtud y desarrollar, por nuestros propios medios, las herramientas que nos ayuden a lidiar con nuestras limitaciones sin estar esperando a que nadie venga a sacarnos las castañas del fuego.




Puede parecer una tontería, una frase hecha y con un ambiguo sentido, pero…, casi siempre, para sentirse especial basta con ser fiel a uno mismo.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Misivas incendiarias.





Con pulso firme y seguro,
una mano imprime trazos
encadenando en palabras
el fuego de unas pasiones,
desatándose el instinto
que embelesa y estremece
los cuerpos a él entregados
desde un soporte inflamable.

Epístolas infectadas
por tintes libidinosos
y que trasmiten la fiebre
a todo aquel que las toca.
Requiebros de la sintaxis
que propagan el incendio
como reclamo a esa furia
que mora siempre entre llamas.

Es como un viento que aviva
los rescoldos silenciosos
que acechan entre cenizas
aparentemente inertes.
Un soplo que, por el aire,
se delata en el sonido,
se manifiesta en impacto
y se trasmuta en fluidos.



martes, 17 de octubre de 2017

Alma pícara.





Existe entre nosotros algo mejor que un amor, una complicidad.


Marguerite Yourcenar. (Escritora, dramaturga y traductora de origen belga y nacionalizada norteamericana)



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